Uno, dos, tres segundos. Finalmente alzó la vista y sus ojos se encontraron. Ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio, pues los recuerdos estaban demasiado presentes. Tampoco hacía falta, pues nunca un silencio había sonado tan alto. Su mirada estaba cargada de reproches nunca dichos, la de él de disculpas que su orgullo nunca le dejaría pronunciar.
Ella hizo un esfuerzo por no dejarse abrumar por los recuerdos, levantó las comisuras de sus labios y esbozó una sonrisa que mostró tanta melancolía que los ojos de él se empañaron al ser finalmente consciente de cuánto daño le había causado. Así permanecieron durante largos minutos, mirándose el uno al otro, a través de aquellas lágrimas que por fin, purgaron todo lo que ambos llevaban dentro.
Reencontrarse había sido un error, aún había demasiada intensidad. Así que se levantó, recogió su abrigo, depositó el coste del café sobre la mesa y se dispuso a marcharse. La mano cálida de él aferró la suya para solo decir:
- Lo siento.
Ella sonrió, en aquella ocasión de verdad, negando con la cabeza. Y por fin musitó aquellas palabras que tanto tiempo llevaba esperando decir:
- Hasta siempre.












