La realidad es, que ya no me quedan más palabras hacia ti.
Solo una profunda lástima. Pero no por mí, no porque te marchases aquel día, no por el daño que me hiciste, sino por aquello en lo que te has convertido (O quizá en lo que siempre fuiste)
Es muy triste darse cuenta de que los años han pasado, y tu te insistes en seguir presente en nuestras vidas, aún cuando cada uno ha ido pasando página como hemos podido después de aquel huracán que fue tu paso y que derribó todo lo que conocíamos.
¿No te das cuenta de que aquella época dorada en la que te sentías querido y apoyado ya hace mucho que dejó de existir? ¿Por qué no lo aceptas? Yo lo hice. Me costó mucho tiempo dejar de esperar tus llamadas, dejar de contar los días que faltarían hasta nuestro próximo encuentro. Lo hice, y Dios, es la mejor decisión que jamás he tomado.
Así que, si aún te queda algo de dignidad, de amor propio, céntrate en las pequeñas cosas que rodean tu día a día, y deja de intentar sobrevivir a la sombra de alguien a quien nunca, jamás, alcanzarás. Recoge ese orgullo que siempre te caracterizó y márchate.
No tengo nada más que decirte.
