Fue apenas un susurro que se deslizó entre el tintineo de la lluvia contra el suelo. Me giré, lentamente, y aunque la persona que vi era la última que encajaba en ese lugar, bajo esa lluvia, en aquella noche; de algún modo tenía sentido.
Era más alto que yo. Su pelo negro se encontraba revuelto en un amasijo desordenado de rizos húmedos. Sus ojos, del mismo tono negro, me miraron con la misma ingenuidad que en todos los recuerdos que guardaba de él, con una inocencia tan sincera que casi dolía.La vida tiene un extraño sentido del humor. Y una extraña manera de compensarnos por lo que ella misma nos arrebata.
Le abracé, le abracé con todas mis fuerzas y dejó que fuese yo quien llorase, quien se aferrase a él. Y a pesar de que sentía que la noche iba a terminar, en vez de entristecerme o sentir como el dolor se aferraba a mi corazón, de repente todo encajó. En ese momento me sentí en paz. Así que me separé de él y limpié mis lágrimas con cuidado.
— Prométeme que eres real— Susurré.
— Soy tan real como la última vez que te abracé.
En aquel momento, cuando el sol volvía a nacer y notaba como el frío y la sensación de humedad comenzaban a evaporarse, me puse de puntillas para poder besarle en la frente antes de que la noche terminase y me llevase con ella.
Y mientras se hacía invisible, intangible, un soplo de nada; él alzó su mano hasta mi mejilla y esbozó una sonrisa tan cálida que ni diez mil soles podrían igualar.
— Gracias.
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