Esa era la realidad. Desde que lo conoció, la calma que acostumbraba a tener en su vida desapareció por completo. En el momento en el que sus miradas se cruzaron, supo que su vida jamás volvería a ser la misma. Sin darse cuenta, se aficionó a escuchar su risa, a observarle hablar; se perdió incontables veces en el movimiento de sus dedos cuando rodeaba su mano con la de ella, cuando le colocaba un mechón de pelo tras su oreja o en el tacto de su piel al estrecharla entre sus brazos. Absorbía y retenía en su mente cada segundo que pasaba en su compañía, tanto que incluso podía reconocer sus pasos en la calle de entre todos los demás.
Se volvió adicta a él, a escribirle cartas que jamás le llegaron, a revivir esos escasos momentos impares que él le regaló. Le hubiese gustado tener más instantes a su lado en su colección de recuerdos. Pero antes de que quisiese darse cuenta, se marchó, llevándose con él todo en lo que ella se había convertido.
Pero como en la vida, todo tiene un final. Y llegó el día en el que aquella chica recuperó la parte de sí misma que perdió aquel instante en el que sus miradas se cruzaron.

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