A diferencia del resto de personas, lo único que le preocupaba al finalizar cada día era contar el número de veces que había sonreído. A veces venía corriendo a casa y entraba por la puerta sonriendo con fuerza, con tanta que en ocasiones parecía que en vez de reír apretaba los dientes, y me decía el número, normalmente uno comprendido entre 40 y 50. Era curioso porque, cuando me lo decía, por muy bajo que fuera jamás perdía esa felicidad optimista de no creer en los problemas.
Él no lo sabía, pero cuando no me veía lo miraba fijamente suprimiendo cualquier pensamiento que no fuera su existencia. Le contemplaba; a él, a sus gestos, su manera de mirar a alguien y transmitirle toda esa potencia, intensidad, fuerza... Era pura entereza, pura felicidad, puras ganas de vivir... Recuerdo un caluroso mediodía de Agosto, en el que la puerta, como siempre, se abrió ante su presencia. Entró serio, quizás pensativo, no lo sé, pero algo estaba claro; no sonreía. Lo primero que hizo fue dejar las llaves en la entrada (algo que me sorprendió bastante porque siempre venía impaciente a decirme el número), y después, con toda la tranquilidad del mundo, se acercó a mi. Colocó las manos sobre la boca, como señal de que iba a susurrarme algo al oído.
Con voz firme, musitó:
-Noventa y nueve.
Apartó su aliento de mi piel y esperó frente a mi. Tardé en reaccionar. No recordaba el significado de los números, pero al ver esa inestabilidad continúa en su risa y unos ojos que se cerraban y abrían con sosiego todo cobró sentido.
-¿Noventa y nueve?
-Sí. Hoy he bebido noventa y nueve sonrisas.
-¿Bebido?
-Así es. La gente bebe lágrimas, yo bebo sonrisas.
-¿Y por qué estás así?
-Porque ninguna de esas noventa y nueve sonrisas te pertenece a ti.

No hay comentarios:
Publicar un comentario