jueves, 26 de febrero de 2015

Historias.


Ella era una chica como tú o como yo, no hacía nada bien, pero sí demasiadas cosas mal. Era esa clase de persona que vivía perdida en algún punto entre la dura realidad y sus sueños. La gente que la conocía siempre decía que vivía en un mundo aparte, siempre escribiendo esas historias de mentira en su cuaderno e inmersa en algún lugar de su imaginación. Una chica que se creía todo si se lo decían con una sonrisa, hasta la más despiadada de las mentiras.

Siempre pensaron que sencillamente, seguía siendo una niña. ¡Pero cuánto se equivocaban...!
Ella era una persona que sabía mucho de la vida, quizás demasiado. Si te asomabas a sus ojos azabache te dabas cuenta de que en su interior, únicamente se escondía un corazón cansado de sufrir a causa de las agresiones constantes, unos sentimientos que se mantenían en pie únicamente porque ella se había encargado de reconstruirlos una y otra vez a lo largo de su vida.A veces, la veía abrazarse a sí misma, como si así evitase romperse en pedazos.

Pero muy pocas personas se animaban a llegar hasta ahí. Simplemente la observaban a lo lejos, observaban su mirada perdida y a su fiel cuaderno entre sus manos, para después darse la vuelta y marcharse por donde habían venido. Al fin y al cabo... ¿Quién iba a molestarse en conocerla? Sólo era una chica más entre un millón, pero también te diré... Que en ese millón jamás encontré a alguien como ella.

martes, 24 de febrero de 2015

Llegó demasiado rápido

Ni siquiera sabía por qué había terminado aquí. Sin darme cuenta, mis propios pies me habían guiado hacia aquel lugar que estaba grabado a fuego en mi memoria. Titubeante, me senté en el banco que tantos reencuentros había vivido. El mismo banco que antes me parecía el mejor lugar del mundo en el que pasar las horas, ahora mismo me parecía destartalado y sin vida. No pude evitar preguntarme de cuántos momentos habría sido testigo, y sin embargo allí seguía, muchos años después, impertérrito al paso del tiempo.

Fijé mi mirada en la calle por la cual él solía aparecer a estas mismas horas. Recuerdo que aquellos eran mis momentos preferidos de nuestras citas, cuando le veía caminar hacia mí y observaba la sonrisa que le cruzaba las facciones en el instante en el que me encontraba allí sentada, esperándole.

Ahora ya han pasado muchos días desde entonces. Puede que demasiados. Pero de vez en cuando, al pasar por ese lugar que había vivido los mejores momentos de nuestra historia, no podía evitar desear que las cosas hubiesen tomado un rumbo diferente. Que nos hubiésemos pertenecido durante mucho más tiempo, que nuestro "Siempre" no hubiese terminado súbitamente por un "Adiós" que no vimos aparecer.

Sonreí con tristeza, me levanté y emprendí mi camino, siendo consciente de que, a veces, no está tan mal regresar al pasado y soñar durante unos minutos con lo que pudo haber sido y no fue.

Medianoche

— Hola.

Fue apenas un susurro que se deslizó entre el tintineo de la lluvia contra el suelo. Me giré, lentamente, y aunque la persona que vi era la última que encajaba en ese lugar, bajo esa lluvia, en aquella noche; de algún modo tenía sentido.

Era más alto que yo. Su pelo negro se encontraba revuelto en un amasijo desordenado de rizos húmedos. Sus ojos, del mismo tono negro, me miraron con la misma ingenuidad que en todos los recuerdos que guardaba de él, con una inocencia tan sincera que casi dolía.

La vida tiene un extraño sentido del humor. Y una extraña manera de compensarnos por lo que ella misma nos arrebata.

Le abracé, le abracé con todas mis fuerzas y dejó que fuese yo quien llorase, quien se aferrase a él. Y a pesar de que sentía que la noche iba a terminar, en vez de entristecerme o sentir como el dolor se aferraba a mi corazón, de repente todo encajó. En ese momento me sentí en paz. Así que me separé de él y limpié mis lágrimas con cuidado.

— Prométeme que eres real
 Susurré.
— Soy tan real como la última vez que te abracé.

En aquel momento, cuando el sol volvía a nacer y notaba como el frío y la sensación de humedad comenzaban a evaporarse, me puse de puntillas para poder besarle en la frente antes de que la noche terminase y me llevase con ella.

Y mientras se hacía invisible, intangible, un soplo de nada; él alzó su mano hasta mi mejilla y esbozó una sonrisa tan cálida que ni diez mil soles podrían igualar.

— Gracias.

lunes, 23 de febrero de 2015

Cruce de miradas.

Esa era la realidad. Desde que lo conoció, la calma que acostumbraba a tener en su vida desapareció por completo. En el momento en el que sus miradas se cruzaron, supo que su vida jamás volvería a ser la misma. Sin darse cuenta, se aficionó a escuchar su risa, a observarle hablar; se perdió incontables veces en el movimiento de sus dedos cuando rodeaba su mano con la de ella, cuando le colocaba un mechón de pelo tras su oreja o en el tacto de su piel al estrecharla entre sus brazos. Absorbía y retenía en su mente cada segundo que pasaba en su compañía, tanto que incluso podía reconocer sus pasos en la calle de entre todos los demás.

Se volvió adicta a él, a escribirle cartas que jamás le llegaron, a revivir esos escasos momentos impares que él le regaló. Le hubiese gustado tener más instantes a su lado en su colección de recuerdos. Pero antes de que quisiese darse cuenta, se marchó, llevándose con él todo en lo que ella se había convertido.

Pero como en la vida, todo tiene un final. Y llegó el día en el que aquella chica recuperó la parte de sí misma que perdió aquel instante en el que sus miradas se cruzaron.